Hablar del Día del Músico en la Argentina inevitablemente conduce a Luis Alberto Spinetta, pero no desde la solemnidad de una fecha ni desde el bronce de los homenajes. Aparece más bien como aparece su música: de manera silenciosa, profunda, acompañando momentos personales, atravesando estados de ánimo y volviendo cuando hace falta detenerse un poco.
Spinetta no pensaba la música como un producto ni como un simple entretenimiento. Para él era una forma de estar en el mundo, de decir lo que a veces no entra en las palabras cotidianas. Sus canciones no buscan respuestas rápidas: invitan a escuchar con tiempo, a sentir, a dejarse interpelar. En ese gesto, la música se transforma en refugio, en abrigo frente al ruido constante.
El Día del Músico puede leerse desde ahí: no como una celebración vacía, sino como una oportunidad para reconocer ese oficio que sostiene emociones, memorias y vínculos. Spinetta defendió siempre la honestidad artística, aun cuando eso implicara ir a contramano. Su obra recuerda que la música también es trabajo, sensibilidad y una forma de resistencia.
Hoy sus canciones siguen circulando, cambiando de formato, llegando a oídos nuevos. No importa si fue en un vinilo, un CD o una playlist: el efecto es el mismo. Cada vez que alguien encuentra en una canción un lugar donde quedarse un rato más, el espíritu del Flaco vuelve a estar ahí, sosteniendo, diciendo sin gritar, acompañando sin imponerse. Cada vez que alguien encuentra en una canción un lugar donde quedarse un rato más, el espíritu del Flaco vuelve a estar ahí, sosteniendo, diciendo sin gritar, acompañando sin imponerse.
Para quienes quieran profundizar ese encuentro, una buena forma de acercarse a Spinetta es armar o dejarse guiar por una playlist que recorra distintos momentos de su obra. No hace falta un orden rígido: Muchacha (ojos de papel) puede convivir con Bajan, Barro tal vez, Durazno sangrando o Seguir viviendo sin tu amor. Son canciones que funcionan como puertas de entrada, climas distintos de una misma sensibilidad que sigue dialogando con el presente.
Detrás de algunas de esas canciones hay historias que explican por qué siguen resonando. Barro tal vez, escrita cuando Spinetta tenía apenas 15 años, sorprende todavía hoy por su madurez poética. La letra habla de transformación, fragilidad y cambio, temas que atravesarían toda su obra. A lo largo de los años fue versionada por artistas de distintas generaciones, como si cada época encontrara en ella una nueva forma de decirse.
Explorar su música también implica animarse a escuchar discos completos, respetando silencios, climas y recorridos. Álbumes como Kamikaze o Pelusón of Milk proponen una experiencia que va más allá de la canción suelta y permiten entender a Spinetta como un artista que pensaba la obra como un todo.
En un presente donde la música muchas veces se consume como fondo y pasa rápido, volver a Spinetta implica un gesto consciente. Escuchar con atención, dejar que una letra decante, aceptar el silencio entre una canción y otra. No para mirar atrás, sino para entender por qué su obra sigue diciendo algo hoy. Tal vez ahí esté su permanencia: en no ofrecer fórmulas, en no apurarse, en seguir acompañando a quienes encuentran en la música una forma honesta de estar en el mundo.
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