Cada 5 de enero se vive la víspera de Reyes Magos, una fecha cargada de simbolismo y expectativa, especialmente para las infancias. La noche previa al Día de Reyes se transformó, con el paso del tiempo, en el momento más esperado de la celebración, cuando niñas y niños se acuestan temprano con la ilusión de recibir regalos durante la madrugada.

El origen de esta tradición se encuentra en el relato bíblico de la Epifanía, que recuerda la llegada de Melchor, Gaspar y Baltasar a Belén para adorar al niño Jesús. Guiados por la estrella, los Reyes arribaron el 6 de enero con ofrendas de oro, incienso y mirra, símbolos que representan la realeza, la divinidad y el sacrificio. La víspera quedó así asociada a la espera y a la preparación espiritual y familiar.

Con el correr de los años, el 5 de enero se consolidó como una jornada de rituales populares. Es habitual que los chicos dejen agua y pasto para los camellos, escriban cartas con sus deseos y participen de actividades que refuerzan la magia del momento. En muchas ciudades del mundo se organizan cabalgatas y desfiles que recrean la llegada de los Reyes Magos.

En la región, como sucede todos los años, distintas localidades organizan propuestas especiales para celebrar, con encuentros comunitarios, recorridos, espectáculos y actividades pensadas para compartir en familia. Estas iniciativas buscan mantener viva la tradición y generar espacios de participación colectiva, especialmente para los más chicos.

Más allá de su raíz religiosa, la víspera de Reyes se sostiene como un rito cultural de transmisión generacional. La ilusión, la espera y el cierre simbólico de las fiestas de fin de año convierten al 5 de enero en una fecha que combina fe, costumbres populares y encuentros comunitarios que se renuevan año tras año.