El 26 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Prevención del Cáncer de Cuello Uterino, una fecha destinada a visibilizar una enfermedad que, pese a ser altamente prevenible, continúa siendo la principal causa de muerte ginecológica en Argentina. La concientización y el acceso a controles periódicos son claves para reducir su impacto.

El cáncer cervicouterino se origina por el crecimiento anormal de células en el cuello del útero, generalmente provocado por una infección persistente de algunos tipos del Virus del Papiloma Humano (VPH). Se trata de un virus muy frecuente que se transmite por contacto sexual y que afecta tanto a varones como a mujeres. De hecho, se estima que 8 de cada 10 personas lo contraerán en algún momento de sus vidas.

En la mayoría de los casos, el organismo elimina el virus de forma natural sin generar síntomas. Sin embargo, en un pequeño porcentaje alrededor del 5% puede producir lesiones celulares que, con el paso del tiempo, evolucionan hacia el cáncer. Este proceso suele ser lento y puede demorar entre 10 y 20 años, lo que brinda una ventana clave para su detección temprana.

En ese sentido, existen herramientas concretas de prevención. El Papanicolaou (PAP) permite detectar lesiones en etapas iniciales y se recomienda a partir de los 25 años. Si los resultados son normales durante dos años consecutivos, el control puede realizarse cada tres años. Además, el test de VPH identifica la presencia de los tipos del virus que pueden derivar en cáncer, lo que mejora la capacidad de diagnóstico.

A estas medidas se suma la vacuna contra el VPH, que previene cerca del 80% de los casos de cáncer de cuello uterino. En Argentina es gratuita y obligatoria para niños y niñas de 11 años. Con controles regulares y acceso a la vacunación, especialistas coinciden en que esta enfermedad puede evitarse en la mayoría de los casos, reforzando la importancia de la prevención y el diagnóstico temprano.