En redes sociales, la palabra therian empezó a repetirse cada vez más entre adolescentes, generando curiosidad, debates y también burlas. Sin embargo, detrás de la tendencia hay historias reales que se viven puertas adentro. Para Goshy, adolescente de Fray Luis Beltrán, ser therian fue encontrar el nombre de algo que siempre sintió pero no sabía cómo explicar; para su mamá, Araceli, fue iniciar un proceso de aprendizaje donde el amor estuvo por encima de cualquier duda.
IRÉ presenta dos experiencias distintas que conviven en una misma familia y que muestran que, más allá de la polémica digital, lo que existe son procesos personales y vínculos que se fortalecen.
La identidad vivida desde adentro
Goshy contó que lo suyo no fue repentino ni influenciado por una moda pasajera. Según explicó, durante mucho tiempo sintió que había algo en su interior que no terminaba de encajar con la forma en que se suponía que debía percibirse, pero no encontraba la palabra justa para nombrarlo.
“No fue de un día para el otro. Es algo que ya venía sintiendo hace una banda, pero no sabía ponerle nombre. Cuando encontré lo que era ser therian fue tipo ‘ah, listo, era esto’”, relató. Antes de asumirse como tal, había investigado sobre la comunidad alterhuman y se sentía identificado con varias experiencias; ponerle un término a lo que sentía fue, según describió, una forma de ordenar su mundo interno.
Para él, fue fundamental aclarar que no se trataba de un juego ni de una moda, sino de una vivencia íntima. “Es algo re personal. Es sentir que mi identidad no es 100% humana en lo interno, en lo emocional. No es que flasheo que soy un animal literal”, explicó, intentando desarmar uno de los prejuicios más frecuentes.
En su caso, se identificaba como gato tuxedo, no desde una idea física o literal, sino desde lo simbólico y emocional. Describió que se sentía reflejado en la independencia de esos animales, en su manera selectiva de vincularse y en esa mezcla de tranquilidad y carácter que los caracteriza. “Son independientes, pero cuando eligen estar con alguien lo hacen de verdad. No son pegotes, pero cuando te dan cariño es genuino. Yo soy así”, aseguró, agregando que esa “vibra” era la forma más cercana que había encontrado para explicar cómo se sentía por dentro.
Lejos de la imagen exagerada que suele circular en redes, su vida cotidiana transcurría con normalidad: asistía a la escuela, compartía tiempo con amigos y desarrollaba sus actividades habituales como cualquier adolescente. Él mismo subrayó que no vivía actuando como animal ni adoptando conductas permanentes asociadas a ello, sino que lo que experimentaba era algo interno que formaba parte de su identidad.
Cuando decidió contarlo, las reacciones en su entorno fueron diversas: Algunos lo entendieron, otros se mostraron confundidos y también hubo quienes lo tomaron para la burla. Reconoció que ciertas palabras dolieron, pero sostuvo que había aprendido a validarse más allá de la mirada ajena.
Uno de los puntos que más le interesaba remarcar era la confusión que suele asociar a los therian con una supuesta enfermedad o con la creencia literal de ser animales. “No estamos ‘enfermos’. Es identidad, no delirio”, afirmó con firmeza.
“No estamos ‘enfermos’. Es identidad, no delirio”.
Según contó, en Argentina la comunidad era pequeña pero existía, con presencia en distintas provincias, incluida Santa Fe, y los encuentros que realizaban eran espacios tranquilos donde compartían experiencias y se sentían acompañados. En ese contexto, insistió en que no buscaba convencer a nadie, sino algo más simple: “No hace falta que lo entiendas, pero sí que respetes”.
La mirada de una madre que eligió acompañar
Para Araceli, el proceso fue diferente, pero no menos profundo. Recordó que todo comenzó de manera gradual, con pequeños indicios que formaban parte de la sensibilidad de su hijo: el amor por los animales, especialmente por los gatos, la creación de máscaras, los videos, los accesorios que empezó a pedirle. En medio de ese recorrido llegó la conversación en la que él le explicó que se identificaba como therian y que sentía una conexión fuerte con los gatos como forma de percibirse y expresarse. “Yo no entendía bien qué significaba, pero sí entendí que estaba confiando en mí para contarme algo muy importante. Lo acepté desde el amor”, contó.
Su reacción inicial no estuvo atravesada por el rechazo, sino por la escucha. Explicó que, como madre, su prioridad siempre había sido que su hijo se sintiera amado y contenido, y que esa certeza fue más fuerte que cualquier desconocimiento que pudiera tener en ese momento.
“Como mamá, mi prioridad es que mi hijo se sienta amado, contenido y respetado en quien es”, sostuvo. Reconoció que aparecieron dudas, no desde la desaprobación sino desde el deseo de comprender mejor para poder protegerlo. Buscó información, investigó por su cuenta y, sobre todo, escuchó a su hijo, a quien definió como su principal guía en este proceso.
“Como mamá, mi prioridad es que mi hijo se sienta amado, contenido y respetado en quien es”.
Con el tiempo, aseguró, entendió que no siempre era necesario comprender cada detalle para acompañar de manera genuina. “Con el tiempo entendí que el amor no necesita entender cada detalle para ser verdadero. Acompañar es caminar al lado”, reflexionó. También admitió que existía una preocupación inevitable frente a la mirada social y la posibilidad de burlas o discriminación, ya que sabía que la sociedad podía ser dura con lo que no conoce. Sin embargo, intentó que su hogar fuera un espacio seguro donde su hijo pudiera expresarse sin miedo, fortaleciendo su autoestima y su confianza.
Hoy vivía esta experiencia con orgullo y como una oportunidad de crecimiento personal. Sentía que este proceso la había ayudado a ampliar su mirada y a reafirmar que el vínculo con su hijo estaba por encima de cualquier etiqueta. “Nuestros hijos no necesitan que tengamos todas las respuestas. Necesitan que estemos presentes”, concluyó.
En medio del ruido de las redes y de los debates superficiales, la experiencia de Goshy y Araceli mostró que el fenómeno therian no se reducía a una tendencia viral. Era, ante todo, una vivencia personal y un proceso familiar donde se pusieron en juego identidad, diálogo y respeto.

