El 23 de abril de 2017 quedó marcado como una de las noches más memorables en la carrera de Lionel Messi. En el estadio Santiago Bernabéu, y ante el máximo rival, el rosarino firmó una actuación descomunal al convertir dos goles en la victoria 3-2 del Barcelona sobre Real Madrid. Pero no fue un doblete más: el último tanto, en tiempo de descuento, significó su gol número 500 con la camiseta blaugrana y dio origen a una imagen inmortal, con Messi mostrando su “10” a la tribuna madridista.

Aquel clásico tuvo todos los condimentos de una batalla épica. Barcelona empezó abajo en el marcador, logró remontar, sufrió el empate y cuando parecía que el duelo terminaba igualado, apareció la genialidad. A los 46 minutos del segundo tiempo, una corrida memorable de Sergi Roberto desde campo propio inició la jugada decisiva. La acción continuó con una combinación entre André Gomes y Jordi Alba, que asistió hacia atrás para la llegada de Messi, quien definió con un remate letal que venció a Keylor Navas y desató la locura culé.

Más allá del valor estadístico, ese gol condensó la esencia del mejor Messi. Durante todo el encuentro fue perseguido, golpeado y marcado con dureza por el mediocampo y la defensa del Madrid. Marcelo lo hizo sangrar, Casemiro intentó frenarlo con faltas tácticas y Sergio Ramos terminó expulsado tras una dura infracción sobre el argentino. Ni así pudieron contenerlo. Con gambetas, aceleraciones y una precisión quirúrgica, Messi volvió a decidir un clásico en el escenario más hostil.

Aquella noche también representó un hito dentro de una era dorada. Con 500 goles en 577 partidos, Messi ya rompía registros imposibles de dimensionar. Luego seguiría ampliando su legado hasta cerrar su ciclo en Barcelona con 672 goles en 778 encuentros y 35 títulos conquistados. Diez ligas, cuatro Champions League y una montaña de trofeos consolidaron una etapa irrepetible, con el rosarino como símbolo absoluto de una generación histórica.

A casi una década de aquella obra maestra, la imagen de Messi levantando su camiseta frente al Bernabéu sigue siendo un emblema del fútbol moderno. No solo fue un gol para ganar un clásico: fue una declaración de grandeza. Esa noche, el argentino alcanzó los 500 tantos, silenció Madrid y dejó una postal eterna que aún emociona. Porque algunos goles valen por un campeonato, otros por un récord; ese valió por la inmortalidad.