La leyenda dice que todo empezó en 1910. Los Anchorena pertenecían a esa aristocracia porteña que se movía entre palacios de la Avenida Alvear, estancias interminables y viajes a Europa como quien toma el tranvía. Habían olvidado hacía tiempo cómo había empezado todo: con un tal Juan Esteban Anchorena que había bajado de un barco en 1750 con ganas pero sin un peso, se volvió comerciante próspero y terminó casándose con una aristócrata venida a menos. Así funcionaba entonces Buenos Aires: unos aportaban el dinero, otros el apellido.
Aarón Félix Anchorena Castellanos tenía 33 años y quemaba la fortuna familiar entre caballos y juergas. Hasta que conoció a Corina, una joven de 21. Se enamoraron. El mundo no parecía capaz de detenerlos.
Pero la madre de Aarón sí.
La escena, si uno cree en la leyenda, ocurrió en el comedor de los Anchorena. La madre escuchó el nombre de Corina, dejó la taza de té en el plato y dijo una sola frase:
“En esta casa esa don nadie, no. Para vos tiene que ser alguien de clase. No esa chinita del campo.”
No era una cuestión de riqueza: Corina era rica. Pero su dinero era demasiado nuevo y su apellido todavía olía a inmigración. Tampoco tenía muertos ilustres en la Recoleta.
Aarón obedeció a su madre y siguió quemando la fortuna familiar. Para ellos Corina siguió siendo la chinita del campo. Los años hicieron el resto.
En 1920 la familia Anchorena construyó la Basílica del Santísimo Sacramento: un templo que era, básicamente, su extensión espiritual y su patio trasero. Desde el palacio familiar la vista hacia la iglesia era un privilegio. Pero justo enfrente había quedado un lote vacío. En su lecho de muerte, Doña María Mercedes Anchorena le hizo jurar a su hijo que iba a comprar ese terreno: ahí se levantaría el nuevo palacio de la familia, con la basílica como horizonte propio, como patio y como corona.
Aarón tenía el dinero. Después no lo tuvo: una carrera en Palermo se encargó de eso.
Corina se enteró. Vendió tres estancias en Venado Tuerto, compró el solar y levantó ahí el primer rascacielos de la Argentina, que hasta 1954 fue el más alto de Sudamérica.
Corina se mudó al piso 14 de su rascacielos. Vivió ahí doce años, hasta que se lo vendió al banquero Henry Roberts. Antes de entregar las llaves, dejó resuelto un solo detalle.
¿Quién es Marcelo Sicoff?
Marcelo I. Sicoff (Junín, 1970) es psicólogo, técnico en Comunicación Social y autor de los libros Crónicas de Baigorria y Acompañamiento en la vida cotidiana. Su obra ha sido distinguida por la Fundación El Libro, la Asociación Psicoanalítica Argentina y la UNPAZ, y fue finalista de los premios internacionales Fundación UNIR (Zaragoza) y Javier Tomeo (España). Edita el blog Crónicas de Baigorria.


