El próximo 23 de junio se cumplirá un año desde que la vida de Milagros Franco cambió para siempre. Docente, madre, esposa y sostén de su familia, aquella mañana salió a trabajar como cualquier otro día. Sin embargo, horas después sufriría un colapso que la dejaría sin visión durante más de tres meses y la obligaría a replantearse todo lo que creía saber sobre la salud mental.

La jornada había comenzado con normalidad. Milagros dio clases durante la mañana y regresó a su casa antes de volver a participar de un acto público. Cuando estaba por salir nuevamente, comenzó a sentirse mal. Alcanzó a avisarle a su marido y se desvaneció.

Tras ser asistida por personal médico del Samco de Serodino y posteriormente derivada a Rosario, los estudios neurológicos no lograban explicar lo que estaba ocurriendo. Tomografías, resonancias, estudios oftalmológicos y controles de distinta complejidad arrojaban resultados normales. Sin embargo, ella había perdido completamente la visión.

“Desde que recuperé el conocimiento ya no vi más”, recordó en IRÉ al repasar aquel episodio.

Durante una semana permaneció internada sin respuestas concretas. Luego recibió el alta médica, aunque el impacto de lo sucedido recién comenzaba. Los tratamientos iniciales, especialmente con corticoides, le provocaron severos trastornos del sueño y un profundo deterioro emocional.

Pero detrás del episodio había una historia mucho más extensa. Milagros llevaba años sosteniendo múltiples responsabilidades. Además de su trabajo como docente, acompañaba permanentemente a su padre, alojado en una residencia para adultos mayores, mientras compartía la vida cotidiana con su esposo y su hija adolescente. Como ocurre en muchas familias, era quien resolvía, organizaba y estaba presente para todos.

De un momento a otro pasó de ser una mujer completamente independiente a necesitar ayuda para las tareas más básicas. “Era aprender a vivir de nuevo y a convivir con la ceguera”, señaló sobre aquellos meses de adaptación forzada.

“Era aprender a vivir de nuevo y a convivir con la ceguera”.

La pérdida de visión se extendió durante tres meses y diez días. En ese período intentó mantener cierta autonomía dentro de su hogar, limpiando, cocinando y realizando actividades cotidianas aun sin poder ver. Sin embargo, también comenzaron los ataques de pánico, el insomnio, las pesadillas y una sensación permanente de miedo e incertidumbre.

La ayuda psicológica y psiquiátrica fue clave para atravesar ese proceso. A través de la terapia comenzó a revisar situaciones de su historia personal que durante años habían permanecido sin resolver. Fue entonces cuando comprendió que el cuadro no respondía a un único factor.

Los profesionales le explicaron que atravesaba un cuadro de estrés agudo, producto de una acumulación de experiencias, presiones y emociones sostenidas durante décadas.

“No fue solamente el trabajo. Fueron más de treinta años acumulando cosas y poniendo al cuerpo en modo supervivencia”, sostuvo. Según le transmitieron los especialistas, el estrés extremo puede manifestarse de múltiples maneras y generar consecuencias físicas severas. “El cuerpo te hace parar, como fue mi caso. Tuve que parar sí o sí”, expresó.

El 1 de octubre, de manera tan inesperada como había desaparecido, la visión regresó. Una madrugada volvió a ver. Sin embargo, aseguró que la recuperación continúa todos los días y que el trabajo sobre la salud mental es permanente.

A casi un año de aquel episodio, Milagros decidió compartir su experiencia para generar conciencia sobre una problemática que muchas veces es minimizada.

“Hay gente que te dice que no es para tanto, que no pienses tanto o que no te estreses. Pero eso no ayuda. La salud mental necesita contención, comprensión y escucha. Y si no saben qué decir, por lo menos escuchen”, reflexionó.

Su historia pone en evidencia que los problemas de salud mental pueden manifestarse de formas extremas y afectar profundamente la vida de una persona. También demuestra la importancia de pedir ayuda, hablar a tiempo, buscar acompañamiento profesional y darle espacio a aquello que muchas veces se intenta ocultar o postergar.