En la oscuridad cerrada del río, cuando la mayoría duerme y otros tantos eligen salir, Lucía Benegas estaba donde más le gustaba estar: En la isla, junto a su abuelo, peleando con un surubí. Tenía 16 años y, mientras muchas chicas de su edad estaban en un baile o descansando en sus casas, ella decidió acompañar a Juan Benegas, su abuelo, pescador de toda la vida. Eran cerca de las 02:00 horas cuando salieron a recorrer, como tantas otras veces. Pero esa vez, la noche tenía algo especial.
“Siempre viene conmigo”, contó Juan, con orgullo. Y no era para menos: Lucía no solo acompañaba, también pescaba. Y peleaba.
Esa madrugada se toparon con varios surubíes. No fue uno solo. “Tres o cuatro había”, relató el abuelo. Y en ese escenario, con el río como testigo, Lucía protagonizó una escena que resumía su historia: joven, firme y apasionada, enfrentándose a uno de los peces más emblemáticos del Paraná.
“No tenía explicación lo hermoso que se sentía estar acá”, dijo ella. Y no hablaba solo de la pesca. Hablaba de la isla, de la paz, de una forma de vida que conocía desde chica. Porque Lucía prácticamente se había criado entre redes, embarcaciones y jornadas largas junto a su familia.
Los Venegas eran eso: una familia de pescadores. Juan llevaba más de 60 años en el río. Sus hijos, nietos y parte del entorno seguían ligados a ese mundo. Un oficio duro, muchas veces ingrato, pero profundamente arraigado.
“Era muy sufrido esto”, reconoció el abuelo. Y aunque admitió que no le gustaría que sus nietas tuvieran que vivir de lo mismo, también sabía que había algo que no se podía evitar: El amor por el río.
A Lucía la atraían la pesca, la caza, la vida en la isla. “Me gustaba más que estar en Coronda”, dijo sin dudar. Y en esa frase se resumía una elección que no siempre era común para alguien de su edad.
Su historia empezó a circular en redes sociales después de que se conociera la captura de ese surubí gigante. Pero detrás de la foto o el video, había mucho más: Había una identidad, una cultura y una forma de vivir que muchas veces pasaba desapercibida.
Mientras algunos descubrían la isla como destino turístico, para otros era casa, trabajo y herencia. Y en esa herencia, Lucía ya estaba escribiendo su propio capítulo.
A las 2 de la mañana. En el río. Peleando con un surubí. Como si fuera lo más natural del mundo.

