El ruido de las máquinas ya no se escucha. Donde durante décadas hubo producción, hoy queda el recuerdo de una empresa que marcó la historia de Clarke y de toda la región.

Fundada en 1968 por Hugo Bella, El Miguelito nació como un pequeño emprendimiento familiar y, con el paso de los años, se convirtió en la única fábrica de asientos para bicicletas del país. Generaciones enteras crecieron viendo salir de ese taller productos que llegaban a cada rincón de Argentina.

Pero en 2024 llegó el final. La caída de las ventas, el aumento de los costos y la imposibilidad de seguir produciendo obligaron a cerrar las puertas de una empresa que había resistido crisis económicas, cambios tecnológicos y la apertura de importaciones en los años 90.

Al confirmar el cierre de la fábrica, Rogelio Bella describió el difícil momento que le tocó vivir al comunicarles la decisión a los trabajadores.

“No le deseo ni a mi peor enemigo tener que vivir una situación así. No debe haber culpa más denigrante que dejar a alguien sin su sustento”, expresó con profunda angustia.

Una fábrica que era parte del pueblo

Hablar de El Miguelito era hablar de Clarke. Durante más de cinco décadas, la empresa no solo fabricó asientos para bicicletas: también generó empleo, sostuvo a numerosas familias y acompañó el crecimiento de la localidad.

Con el tiempo, la familia Moscarola se sumó al proyecto y la fábrica logró modernizarse para seguir siendo competitiva. Incluso logró superar la dura crisis de los años 90 incorporando nueva tecnología cuando los productos importados amenazaban con dejarla fuera del mercado.

Sin embargo, la realidad de 2024 fue imposible de revertir.

“Nos quedamos sin ventas. Lo poco que vendíamos era a pérdida. Se terminaron las reservas y ya no podíamos seguir comprando materia prima”, había explicado Rogelio Bella en ese momento.

“Nos quedamos sin ventas. Lo poco que vendíamos era a pérdida. Se terminaron las reservas y ya no podíamos seguir comprando materia prima”

Un vacío que aún permanece

El cierre de El Miguelito no solo significó el final de una empresa histórica. También representó la pérdida de una de las principales fuentes laborales de Clarke y el golpe a un símbolo de la producción local.

A dos años de aquel día, el pueblo todavía recuerda con tristeza el final de una fábrica que supo ser orgullo de la región y que, durante más de medio siglo, llevó el nombre de Clarke a todo el país.

Porque detrás de cada asiento que salió de El Miguelito hubo trabajo, esfuerzo, familias y una historia que todavía emociona a quienes la vieron crecer.