Las islas frente a Puerto Gaboto y Puerto Aragón vuelven a ser escenario de un drama repetido: Las quemas de humedales. En los últimos días, al menos ocho focos fueron detectados desde el aire y los vecinos aseguran que el fuego se reaviva día tras día. Aunque las imágenes parecen ya habituales, no dejan de mostrar la crudeza de una práctica que arrasa con la vida de uno de los ecosistemas más valiosos de nuestra región.
El fuego no distingue. Avanza sobre pastizales, especies autóctonas, nidos y refugios de aves, mamíferos y anfibios que dependen del humedal para sobrevivir. Cada quema deja cicatrices difíciles de reparar: Suelos degradados, pérdida de biodiversidad y alteraciones en el equilibrio natural del río y sus costas. A esto se suman las columnas de humo que, empujadas por el viento, afectan la salud de las poblaciones cercanas.
Detrás de cada incendio, se esconden intereses productivos que utilizan métodos antiguos y dañinos para “limpiar” el terreno, a costa de un bien común. Sin embargo, los humedales no son terrenos baldíos: Son fuentes de agua, reguladores del clima y pulmones verdes que amortiguan los efectos de las inundaciones y las sequías. Cuando se queman, no sólo se destruye un paisaje: Se pone en riesgo la vida presente y futura.
La frase popular “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas” cobra sentido frente a esta realidad. El costo de las quemas no lo pagan quienes las provocan, sino la naturaleza y las comunidades que conviven con ella. Concientizar, denunciar y exigir políticas de protección más firmes es clave para frenar un ciclo que parece no tener fin. Los humedales no pueden esperar a la próxima lluvia: Necesitan nuestro compromiso hoy.