En una época de exitismo feroz, los perdedores parecían haberse quedado sin lugar. Sin embargo había un escritor que hacía exactamente lo contrario: los convertía en héroes melancólicos. En una de sus novelas, Stan Laurel, el Flaco del Gordo y el Flaco, estaba convencido de que había llegado el final de su carrera y recurría a Philip Marlowe para entender qué había salido mal. Un cómico derrotado buscando respuestas en un detective cansado. Triste, solitario y final apareció en 1973. Nadie esperaba demasiado de ella. Terminó traducida a más de diez idiomas y convirtió a Osvaldo Soriano en algo raro para la literatura argentina: un escritor popular. Y eso, en ciertos ambientes, nunca termina de perdonarse.
Después, en 1975, vendría No habrá más penas ni olvido, esa radiografía feroz de la puja peronista. Para entonces, ya era una figura fuerte en las redacciones de Primera Plana, El Cronista y La Opinión.
Llegó el golpe.
Y no hubo más opción que el exilio.
Bruselas primero. París después.
Pero esa, claro, será otra historia.
Soriano sobrevivía en Bruselas gracias a la solidaridad de otros latinoamericanos desperdigados por Europa, algún cuento vendido a último momento y crónicas que tardaban meses en pagarse. El hambre era una visita frecuente. Pero había dos cosas que nunca le faltaban: imaginación y amigos.
Una tarde caminaba por Bruselas con los bolsillos y el estómago completamente vacíos. Terminó sentándose frente a un lago, mirando los patos un largo rato. Después se levantó y fue hasta el municipio.
Al día siguiente tenía trabajo.
Y también, por primera vez en mucho tiempo, un sueldo fijo.
Años después, Osvaldo Bayer contó en un documental de Eduardo Montes-Bradley cuál era aquel trabajo extraño que había conseguido Osvaldo Soriano en Bruselas: contador de patos y cisnes.
Todas las madrugadas, cerca de las cuatro, recorría los lagos públicos contando las aves. Cuatrocientos patos. Doscientos cisnes. Si faltaba alguno, la municipalidad lo reponía inmediatamente. El problema era que en Bruselas nunca desaparecía un pato. Nadie robaba nada. Y Soriano empezó a sospechar que, tarde o temprano, alguien iba a preguntarse para qué seguían pagándole un sueldo.
Entonces hizo lo que tenía que hacer: un pacto latinoamericano.
Convenció a un peruano para que cada madrugada se robara cuatro o cinco patos.
Así, al día siguiente, Soriano podía informar pérdidas, la municipalidad reponía las aves y el trabajo seguía existiendo.
Durante un tiempo, la estabilidad económica de uno de los escritores argentinos más importantes del siglo XX dependió de un peruano robándose patos en la madrugada belga.
El plan funcionó mejor de lo esperado.
Soriano conservó el trabajo y el peruano, a cambio, se llevaba algunos patos. De modo que, mientras en algún departamento de Bruselas se improvisaban cenas de confraternidad latinoamericana con pato al horno, Soriano llegaba al amanecer a los lagos y contaba los que faltaban
Después están los refutadores de leyendas. Esos que nunca faltan. Los que necesitan viajar a Bruselas para comprobar si de verdad alguna vez existió un puesto municipal para contar patos y cisnes.
Muchos preferimos creer que sí.
Después de todo, el mundo de Osvaldo Soriano siempre estuvo lleno de historias así: penales que duran una eternidad, detectives cansados, futbolistas derrotados, tipos que sobreviven gracias a pequeñas trampas y amistades improbables.
Historias mínimas.
Cuentos de los años felices.
¿Quién es Marcelo Sicoff?
Marcelo I. Sicoff (Junín, 1970) es psicólogo, técnico en Comunicación Social y autor de los libros Crónicas de Baigorria y Acompañamiento en la vida cotidiana. Su obra ha sido distinguida por la Fundación El Libro, la Asociación Psicoanalítica Argentina y la UNPAZ, y fue finalista de los premios internacionales Fundación UNIR (Zaragoza) y Javier Tomeo (España). Edita el blog Crónicas de Baigorria.


